Autor: Mauricio Delgado
Gobierno Petro: Segundo tiempo con el viento en contra
Finalizó el segundo año de gobierno del presidente Gustavo Petro y arranca su segundo tiempo, sin posibilidad de alargue y sin mayores logros que resaltar. Por el contrario, son más los yerros, la ausencia de decisiones, la inacción y los escándalos los que han marcado al gobierno, al punto de nublar los pocos éxitos que en algunas carteras deberían existir, acumulando en estos dos años un lastre que hará difícil el recorrido de lo que le queda, en un mandato que se hizo elegir como el del cambio, del cual tan solo ha impuesto como diferente una narrativa ideologizada, pero sin materializar ninguna gran reforma concreta y sin que se avizoren en el horizonte luces de poderse conseguir.
Son muchos los análisis de la opinión calificada que se han publicado en los últimos días sobre el desempeño del gobierno de Gustavo Petro, coincidiendo la gran mayoría de los expertos en calificar en ´deficiente´ los indicadores de gestión en todas las materias. En efecto, todas las dimensiones del devenir nacional, macroeconomía, seguridad, comercio, empleo, salud, energía, consolidación de la paz y cualquiera sobre la que se quiera indagar, no solo se encuentran en niveles preocupantes de gestión, sino además presentan tendencias de empeorar. Con ello, todo lo expuesto en los diferentes medios de comunicación nacionales e internacionales -descartando por supuesto los medios del propio gobierno nacional- deja todo claro y sustentado con cifras y con hechos referenciados, siendo poco lo adicional que se puede aportar para validar a la mala calificación que recibe el actual mandatario.
En agosto de 2022 el presidente Petro arrancó su mandato con un mensaje de conciliación nacional y con la construcción de una estructura de gobernanza en el legislativo óptima para emprender las reformas planteadas en su plan de gobierno. Sin embargo, fueron pocos los resultados obtenidos, destacándose tal vez dos hechos concretos, el primero, el de la reforma tributaria la cual, a pesar de las advertencias en contra de los expertos, pasó hábilmente los debates en el congreso gracias a la credibilidad del entonces ministro Ocampo, y la segunda, la aprobación del ´Plan nacional de desarrollo 2022 – 2026: Colombia potencia mundial de la vida´, logros que sumados representaban el tener la hoja de ruta y el presupuesto para gobernar, pero pudo más el talante confrontacional del presidente y sus aliados, quedándose por ello el gobierno tan solo en intenciones.
Sin entrar entonces a profundizar en las heridas autoinfligidas por el presidente y su gabinete, conviene destacar los errores del gobierno, iniciando con que el mandatario ha elegido mal a su equipo de gobierno y ha mantenido una cifra de rotación muy alta, que ha terminado por ralentizar la marcha de sus iniciativas. También hay que resaltar que los hechos de corrupción que se están perfilando en investigaciones, que iniciaron con la financiación de su propia campaña y con los escándalos que han tocado a su familia, a personajes muy cercanos a él y a algunos de sus alfiles, han implicado una resta a la legitimidad que él mismo ha presumido imponer como el adalid de la lucha contra la corrupción. Es importante además hacer énfasis en el doble rasero del discurso del presidente Petro, que lo hace lucir incoherente e hipócrita cuando defiende o ataca hechos que son afines a su ideología, mientras que obvia o desconoce eventos similares que afectan a intereses lejanos a sus convicciones. Y por último en esta síntesis de falencias, conviene matizar el incumplimiento enfermizo con el que maneja su agenda pública, que es evidente no solo en los compromisos de gobierno que quebranta en retardos o faltas, sino fundamentalmente en la demora de decisiones que son ya hábito.
Pero más allá de lo que pueda decirse de la plétora de errores y escándalos del gobierno del presidente Petro, termina siendo más interesante entender el devenir para los dos años que faltan para culminar su mandato, una travesía que se sentirá muy larga para todos los colombianos, tanto para aquellos que sueñan con el cumplimiento del sartal de promesas indeterminadas con las que atiza a sus áulicos desde sus discursos y, principalmente, desde su cuenta de ´X´ -que usa y abusa hasta el aburrimiento-, así como para aquellos que desean que ya se acabe este gobierno de humo, que se ha dedicado como gran logro de cambio a desarrollar una narrativa ideologizada, sin sustento y sin caminos concretos, viables y seguros para buscar unas reformas que a hoy solo son aspavientos.
Así, el presidente va a su segundo tiempo con el viento en contra. Inició este siete de agosto el camino del fin de su gobierno padeciendo remolinos en el capitolio nacional, en donde su nuevo ministro del interior Juan Fernando Cristo registra con altas y bajas su relación con los congresistas, logrando por un lado imponer a un afín de los verdes en la presidencia de la cámara, pero por el otro perdiendo mesas directivas en comisiones clave, mientras curiosamente padece tensiones con algunos de los congresistas de la propia bancada de gobierno, en particular los más radicales, obligando a que el ministro de la política no solo deba luchar por hacerse a la voluntad de los independientes, sino además a la de sus propios aliados de gobierno, en un punto en el cual apenas tendría este semestre para maniobrar con alguna facilidad, pues a partir de enero de 2025 los congresistas estarán ya con sus intenciones puestas en lo que persigan para las elecciones de 2026, estando desde ya los legisladores pensando en la conveniencia de mantenerse al lado de un gobierno fallido y que no logró dirigir al país sin corrupción como lo prometió, bajo la disyuntiva de necesitar de la burocracia y de contratos para su financiación corrupta de sus campañas y la de la preocupación por estar bajo los reflectores de la opinión y de la justicia.
Por el lado de la percepción ciudadana, habiendo iniciado en 2022 con una base de popularidad cercana al 50%, el presidente hoy cuenta con una favorabilidad muy pobre, de alrededor de un tercio de la ciudadanía, una base que seguramente le será fiel hasta el fin de su mandato, pues a esta hora a Petro solo le van los que creen ciegamente en él y a quienes los argumentos, los datos y los hechos que demuestran la incompetencia y corrupción evidente del gobierno no les hará entrar en razón. Esto difícilmente cambiará, pues lo que se viene para el mandatario y su entorno serán turbonadas y tormentas constantes, provenientes de las nuevas revelaciones de los escándalos de corrupción de la UNGRD y de la financiación de su campaña electoral, así como lo de otras entidades en donde se perfilan más escándalos de desangre del presupuesto nacional. Los resultados del proceso penal contra su hijo Nicolás, los avances de la enredada investigación de la maleta, la niñera y el polígrafo del caso de Laura Sarabia y hasta posibles nuevos deslices amorosos del propio presidente, le imprimirán un estado de turbulencia permanente a los próximos dos años de gobierno.
Al tiempo, se sumarán los nubarrones de la economía nacional que no levanta cabeza y que muestra desaceleración, aumento del desempleo, disminución de la actividad comercial, caída en la inversión privada, desfinanciamiento del presupuesto nacional -al punto de estar ya propuesta una nueva reforma tributaria-, situación que se agravaría con la paulatina pérdida de la autosuficiencia energética que afectaría además de la industria y el transporte a los hogares, que verían desde el incremento de los precios vía inflación hasta la llama de sus estufas apagarse, todo por la negligencia obtusa e ideologizada de acabar con la producción energética nacional. Vientos cruzados que harán que aquellos que se sumaron con sus votos en 2022 a la apuesta progresista aún sin serlo, se terminen de convencer del error de apoyar a Gustavo Petro.
Aun así, con todo el clima adverso al interior del gobierno, lo más preocupante para la casa de Nariño es el huracán que desde Venezuela empezó a avanzar sobre el territorio nacional, producto del vulgar robo de las elecciones presidenciales efectuado torpemente por el dictador Maduro. Nada más perjudicial para cualquier persona que una mala amistad, un amigo tóxico que solo es capaz de producir daño, al punto que cualquiera que sea el resultado de la crisis política del hermano país el presidente saldrá lesionado, todo por su incapacidad de deslindarse del mal a tiempo, sea por lealtad incondicional -de esa que solo son capaces aquellos que acompañan al amigo hasta la tumba y se entierran con él-, o por las implicaciones de abandonar al amigo, que en este caso son de orden del interés nacional y, probablemente, de oscuros asuntos que obligan a mantener las formas con aquel amigo que sabe cosas que no convienen se divulguen, o por todo lo anterior.
Un huracán que amenaza por dejar sin norte al presidente Gustavo Petro y a su mandato, que ha conducido sin brújula y por estrechos que no han dejado avanzar su programa de gobierno. Un huracán que puede tomar cualquier dirección y la que sea dejará desolación y destrucción en el seno de Gustavo Petro, quien seguramente no tendrá margen para tomar partido en contra de la dictadura, lo que implica que se verá arrojado a donde las corrientes y los vientos lo desplacen, pues el desenlace de la pugna por el reconocimiento de la victoria de Edmundo González y la consumación del fraude del dictador Nicolás Maduro está lejos de suceder y entre tanto los efectos sobre la vida, sobre las libertades y demás derechos del pueblo venezolano estarán bajo una represión que día tras día irá creciendo en intensidad y violencia y ante la cual el presidente no dirá nada, contrario a su tan promulgada defensa de la vida, la libertad y la democracia, demostrándose el doble rasero de su discurso.
La probabilidad de que sean reconocidos los resultados promulgados por la oposición es casi nula. Aun así, en el lejano hipotético de declararse oficialmente por el Consejo Nacional Electoral -CNE- el relevo presidencial sería en enero del próximo año, quedando un lapso demasiado amplio para la entrega del gobierno, suficiente para que el régimen termine por desangrar el país y para obstaculizar la misma llegada de González a Miraflores, manteniendo desde luego a su aparato represor en contra del pueblo venezolano, lo que dejaría en un predicamento al presidente Petro, quien se mantendría en esa postura si bien timorata entendible, por los temores sobre los impactos de una ruptura con su amigo que ya hemos comentado. De igual forma, el no reconocimiento de los resultados y/o la declaratoria de validez de las elecciones por el Tribunal Supremo de Justicia -TSJ- venezolano en favor de Maduro, extendería la crisis política en el vecino país y haría más compleja la crisis diplomática, en donde se vería al gobierno Petro como cómplice del robo y de la represión violenta, facilitando el discurso de la oposición en contra del presidente, al que presentarían como un émulo del dictador que está allí para llevar a Colombia por el mismo camino de Venezuela, que a hoy se ve bastante creíble.
Y la posibilidad de repetir las elecciones -absurda desde toda lógica, pues es evidente que hay un ganador claro y es Edmundo González- crisparía aún más el tenso ambiente interno y externo de Venezuela, pues nadie esperaría que se tratara de unos comicios imparciales, al estar tanto el ejecutivo, como el CNE, la fiscalía, el aparato militar y policial y el TSJ en conjunto confabulados para mantener al régimen y esto le daría además todo el tiempo del mundo al dictador para trabajar contra la voluntad del pueblo venezolano a punta de represión y limitación a la oposición. Esta sería seguramente la apuesta de los presidentes de Colombia, Brasil y México, a la cual se podría estar sumando Estados Unidos y a partir de allí un número importante de naciones, procurando con esta inusual medida una salida a la desestabilización de Venezuela y de la región, entendiéndose desde luego como ´inmoral´ mensaje del presidente Petro, cuando pide acuerdos entre la oposición y el régimen y llama a detener el justo reclamo del pueblo venezolano, dando oxígeno a la dictadura mientras se vuelve a las urnas.
Por lo anterior, en medio de su propia crisis interna de gobernabilidad, el presidente Petro tiene en Venezuela a su propia Némesis. Tal vez lo más conveniente para el mandatario colombiano sea que la propia Fuerza Armada Nacional Bolivariana -FANB- derroque a Maduro y se cambie a un dictador de origen civil por uno de carácter militar, ante el cual pueda con menos temores enfrentar con posturas en contra y pedir un retorno a la democracia, lo que sería a todas luces más probable que con el actual tirano. Como quiera que sea, ni el presidente Petro la tiene fácil en el ámbito interno, ni los presagios de solución en Venezuela le son favorables, estando en un punto en el que solo un milagro lo pondría en una posición de favorabilidad y sería que los esfuerzos que presumiblemente está emprendiendo con Brasil y México lleguen a buen término y Maduro abandone el poder y permita la transición democrática, lo cual no deja de ser prácticamente imposible.
* El contenido de esta columna representa la opinión del autor, no la posición de ASB RADIO*
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