Autor: Mauricio Delgado
Cuando baja la marea
Cuando baja la marea se pueden apreciar los estragos que causan las marejadas o los tsunamis como el que se dio luego del penoso consejo de ministros de la semana pasada, en donde el presidente Gustavo Petro batió cualquier rating de audiencia en todos los medios existentes y le permitió por varios días estar en lo más alto de la atención mediática, así haya sido por el vergonzoso espectáculo que dio con su sanedrín.
El tsunami que se produjo en los últimos días empezó con el extenso sismo que ocasionó la improvisada decisión que tomó el mandatario de transmitir el directo la reunión del gabinete presidencial, que se citó en formalmente como “consejo de ministros”, pero que terminó siendo en realidad una tensa tertulia de los miembros del ejecutivo, siendo el centro de la discusión las diferencias de sus miembros y el disgusto del presidente por los exiguos resultados de su gobierno, en la práctica una reunión de agravios, regaños, acusaciones, llantos y risas, todo enmarcado en la farragosa narrativa digresiva e insulsa que acostumbra el presidente Petro.
Luego de ese inconmensurable terremoto de más de seis horas, se fueron sumando las redes sociales, los medios de comunicación, los corrillos en todo el país y los miles de contenidos que en forma de olas cada vez mayores inundaron a la nación, en forma de burlas, gritos de incredulidad o llamados a la recuperación del país, no permitiendo temas diferentes a tratar, fuesen los necesarios y vitales de la nación —Catatumbo, salud, energía, educación, seguridad, corrupción— o los cotidianos de todos los colombianos, consolidándose así un tsunami que no tiene precedentes en la historia reciente de la nación y que se espera no se repita, pues es muy malo para Colombia que toda la atención se quede pegada por días en chismes de alcoba o en asuntos de cocina, así la cama y la cocina sean las del alto gobierno.
La rápida réplica de la oposición, auspiciada por su estatuto, trató de elevar aún más el impacto de las olas que se presumía ahogaban al gobierno —que entre tanto veía caer a una de sus fichas importantes, el director del DAPRE Jorge Rojas, y a dos de sus peones, la secretaría jurídica de la presidencia y el desconocido ministro de cultura—, pero contrario a lo esperable la marea bajó rápidamente y el país volvió a su realidad, permitiendo hacer el inventario de daños de la torpeza del presidente y su gabinete, que en principio deja como evidencia que la tal violación de la vetusta Ley 63 de 1923 no existió, al ser demostrable que no hubo un consejo de ministros, al no constar “…dirección del presidente de la República…” para tratar o tomar decisión alguna en materia de “… formular las políticas atenientes a su despacho…”, “… dirigir la actividad administrativa…” o “… ejecutar la ley…”, como se dispone en el artículo 208 de la constitución política, es decir, los ministros y jefes de departamento administrativo no actuaron ni se comportaron como ministros.
De las burlas y los extraordinarios contenidos que circularon por las redes sociales, solo hay que anotar que la creatividad de los colombianos es de gran nivel de calidad y oportunidad, pero al final del ejercicio a pesar de lo nefasto del espectáculo, no se encontró nada diferente a lo que los colombianos ya sabíamos: que el presidente no lidera, que los ministros tampoco, que entre ellos hay pugnas internas, que la comunicación es inexistente, que el gobierno no ejecuta, que hay corrupción —y conciencia de ello— y que a Laura y a Armando nos los quieren. En suma, el tal consejo de ministros solo ayudó a confirmar lo que todos conocíamos.
De la intervención de la oposición en su réplica, el resultado es aún más preocupante. El hecho de no tener capacidad de concertar y unir esfuerzos contra el gobierno y aprovechar una oportunidad inmejorable para debilitar a la coalición del mandatario con miras a 2026 es tanto o más torpe que el mismo desatino presidencial. El popurrí de participaciones de representantes de los cuatro partidos de oposición que se repartieron el tiempo de la réplica (Centro democrático, Cambio radical, Verde Oxígeno y Liga de gobernantes), se enfrascó en repetir lo que ya se sabía y en una narrativa que al final no permitió sembrar una idea concreta para minar en la mente del electorado al presidente y a sus aliados. Los voceros de la oposición a pesar de recoger todo el malestar del país con el gobierno, se equivocaron al hablar mucho y no concretar nada, habiendo podido utilizar hechos específicos vistos en el consejo de ministros para terminar de socavar la legitimidad del gobierno, como lo fueron las evidencias de conocimiento de hechos de corrupción, de financiación ilegal de la campaña, de ineficiencia de la “paz total” o de la falta de resultados del gobierno, todo lo anterior declarado públicamente por la vicepresidenta, la ministra de justicia, el director de la UNP y hasta el mismo presidente.
Mientras el presidente dejó la cola por fuera, la oposición fue incapaz de exponer argumentos de valor con datos concretos y ciertos, como lo pueden ser las cifras de cualquier sector debilitado por el actual gobierno: salud, educación, energía, seguridad, economía —todos en realidad—, al mejor estilo del “6.402” o de “Las cuchas tenían razón” que tan hábilmente la izquierda tendenciosa ha sabido explotar. Nada, la oposición no dejo nada diferente a una perorata de lugares comunes, de hechos sabidos sobre los cuales ya hay poco que decir y que de tanto contarlos pueden hasta aburrir en lugar de indignar.
Al contrario, lo más gracioso —aún más que los chistes y memes que dejó el consejo de ministros— es que al final podría incluso llegarse a decir que el presidente salió ganando. Pudo salir ganando porque generó una crisis ministerial que ahora, con el “hábil” Armando Benedetti al timón, puede dar paso a rearmar la gobernabilidad necesaria para las luchas legislativas que empiezan en este mes. Pudo salir ganando, porque el presidente queda con el camino libre para emprender la campaña presidencial de 2026, entendiendo que la prioridad del mandatario es lo electoral no la dirección del país, teniendo con Benedetti y todos los que callaron: Roy Barreras, Guillermo Jaramillo, Gloria Ramírez o María José Pizarro, para citar algunos, una plataforma política monolítica para intentar dejar un sucesor. Pudo ganar el presidente, porque dejó —por absurdo que parezca— como conclusión que la revolución que él representa no ha dado frutos por la incapacidad y las agendas paralelas de sus “ministros y jefes de departamento sectarios”, toda una afrenta a la razón, pero un mensaje que se puede explotar políticamente.
Bajó la marea y el país queda tan mal como venía y con la posibilidad de empeorar. Ahora se tiene a un presidente que va mal, pero reenfocado en 2026 y con bríos hasta de volver a incendiar al país, mientras la oposición no encuentra un camino cierto sobre el cual trabajar para que Colombia salga de la pesadilla en que se encuentra desde el criminal “estallido social” que trajo al poder a este gobierno incompetente. Queda en evidencia que el presidente empieza a ensillar su corcel —como el Bolívar que presume ser— para la siguiente batalla electoral, a la vez que la oposición sigue a pie, dispersa, empeñada en mantener un discurso reiterativo, sin sustancia, sin poder, carente de un mensaje concreto y sin un proyecto que permita avizorar, de momento, que es posible recuperar al país.
* El contenido de esta columna representa la opinión del autor, no la posición de ASB RADIO*
Más historias
Concejal Sandra Forero combate y denuncia a los “pinchallantas”
Todo un éxito el Festival Agrocultural del Maíz Seco y Fríjol, en La Culebra
“Nuestro compromiso está con la detección temprana, diagnósticos oportunos y tratamientos inmediato”: Senador Carlos Julio González Villa sobre el cáncer